Anaquel

El País de las Hespérides

Las manzanas son uno de los mejores inventos de la humanidad. Dulces, aromáticas y coloridas, son la materialización misma del deseo, dicho esto en todos sus sentidos. Son también la tentación voluptuosa de la frescura encarnada. Las manzanas son un objeto cultural tan perfecto, que rápidamente, luego de su invención, adquirió protagonismo en múltiples mitos de muy diversos orígenes. Es una fruta que incluso se vuelve mágica cuando se la fermenta; un claro ejemplo es la sidra, tan querida en estas fechas festivas de finales de año.

La manzana (Malus domestica) se domesticó en el centro de Asia, durante el comienzo del Holoceno medio, hace aproximadamente 7000 años. Rápidamente se fue distribuyendo por el mundo contiguo. Aparece en Oriente Medio y en Europa, en el Norte de África, en la India y en la China. Una de las características más notable es su  capacidad para soportar climas templados y fríos, esto le permitió incluso ser cultivada en Europa Central. Para su aparición en América tuvimos que esperar hasta la Conquista, cuando, según algunas hipótesis plausibles, los jesuitas las introdujeron, junto con otro enorme conjunto de alimentos. Al mismo tiempo, los jesuitas llevaron los alimentos americanos por todo el mundo. Había comenzado la globalización alimentaria.

Pero la historia que nos convoca ocurre mucho más cerca, aquí en Sudamérica. Ya en el siglo XVIII, algunos exploradores que llegaron al sur de lo que hoy es Chile, encontraron, cerca de la zona de Valdivia, extensos bosques de manzanos que eran cultivados por los pobladores de origen Mapuche. (Vale una aclaración, decimos Mapuche, pero en verdad encubrimos con esa categoría, una enorme diversidad de culturas y pueblos; la licencia es pura y exclusivamente a efectos literarios y de espacio).

La zona fue denominada “El País de las Manzanas” y no sólo estaba del lado chileno, sino que se extendía por lo que hoy es la provincia de Neuquén. Conformaban literalmente un país, con más de 50.000 personas, unidades políticas muy organizadas, producción de manufacturas (la artesanía con objetos de plata era famosa en su época y comparando con lo que era la incipiente Argentina de mediados del XIX, mucho más cercana a la revolución industrial que la de la supuesta civilización porteña), amplias redes comerciales, ejércitos organizados, tratados diplomáticos, etc.

Los pueblos mapuches eran expertos agricultores y rápidamente le encontraron la vuelta a la compleja manzana. En algunos textos históricos se habla de “manzana asilvestrada”, pero a mi entender eso es sólo un eufemismo para esconder un rotundo racismo. Las manzanas que daban nombre al país y eran usadas no sólo como fruto, sino en forma de “chicha” (bebida alcohólica) u otros productos y que también se comercializaba, eran de la variedad Malus domestica, la misma manzana comestible que consumimos todos los inviernos.

El país de las hespérides. El nombre ya me atrapa y me lleva al mito de Hércules y las manzanas doradas, con las ninfas de los árboles frutales y los jardines maravillosos. ¡Cómo no pensar en el jardín del Edén y en el árbol del conocimiento!. Y de algún modo esta organización mapuche, era un paraíso; sobre todo si lo comparamos con la naciente sociedad argentina, envuelta en una sangrienta guerra civil y comandada por una dirigencia negada a la laboriosidad y apegada a la renta de la tierra (¡que actual suena eso!). Y era un paraíso también si lo comparamos con lo que tuvieron que vivir, durante y después de la guerra de exterminio que llevó adelante esa misma dirigencia, de la mano ensangrentada de Julio Argentino Roca.

Argentina es la quinta productora mundial de manzanas del mundo. Las dos terceras partes se exportan, la otra queda aquí. Pero ni nos enteramos. No hay publicidades de manzanas, salvo ya procesadas, en jugos, yogures, sidra, etc. Pero de la fruta fruta, ni noticias. Tal vez si el estado obligara a las empresas alimentarias a pasar publicidades de frutas (como una manera de resarcir el daño ocasionado a sus clientes), nos tentaríamos más, tal cual lo que nos sucede hoy con una gaseosa o un chocolate.

Podríamos disfrutar de uno de los mejores inventos de la humanidad, no sólo delicioso (como una de sus variedades lo indica), sino saludable. Capaz que su sabor y textura nos llevan a ese universo mapuche, a esos bosques patagónicos, a esos lagos y montañas, siempre respetados y bien administrados por “nuestros paisanos los indios”, como decía el General San Martín.